jueves, 23 de julio de 2009

Relatos de Abraham Homero (VI)



Nada que hacer


Puedes quedarte en cama hasta las diez o hasta las doce. Da igual que lleves la misma ropa toda la semana o que vayas en calzoncillos todo el día. Casi ya no cocinas. El solo hecho de encender el fuego te resulta una tarea demasiado pesada. Ves el fregadero lleno hasta los topes, con agua estancada en vasos amarillentos o negros de posos de café, platos mugrientos con restos de comida tan pegada al dibujo que ya forma parte de la vajilla. La sartén con la que cocinabas está tan llena de grasa, que su imagen limpia es poco menos que un recuerdo lejano, y te preguntas cómo era posible, que sólo unos pocos meses atrás, el hecho de tener la cocina limpia y ordenada, sin nada en el fregadero, era una de tus obsesiones.

Según cómo te levantes, la soledad puede ser una de tus mejores amigas o un yugo silencioso, lacerante, que se clava en tu carne sin resistencia ninguna; y que eres incapaz de remediar. El silencio es tu otro compañero de habitación. Aparentemente, no molesta. No se ve, no se oye, pero está ahí. Poco a poco, tiene más cosas en común contigo mismo que tú con el resto de los mortales. El silencio es el espejo en el que te miras todas las mañanas. Puedes intentar matarlo de hambre escuchando la televisión, oyendo la radio, o conversando contigo mismo, y por unos momentos parecerá que ha desaparecido. Pero sigue estando. Él tiene algo de lo que tú careces, y se llama paciencia. Él ya sabe que tarde o temprano volverá a tu lado, especialmente por la noche. Entonces ya no tendrás escapatoria. Sólo dormir es mejor que nada en tu situación.

Pensar. Pensar. La única actividad física que haces en todo el día es pensar. Cuando algún fogonazo de lucidez se hace eco en esa cascada de irracionalidad, te pones en marcha con la lentitud propia de un perezoso. Ya todo es secundario. No te molestas por hacer nada, salvo pensar en tu derrota. Esa derrota que te ha llevado a donde estás. Puede ser cualquier cosa. Todos los perezosos han tenido alguna vez esa derrota que les impide actuar, y ahí siguen, contemplando su decadencia sin ruido, temerosos de la nada, incapacitados por nada, dedicando todos los días al viejo oficio de la ociosidad forzosa. Creías ser el huérfano que se crió en un barrio llamado melancolía, pero con los años descubres que no eres el único. Todo con el tiempo se acaba. Primero la felicidad y después la esperanza, así de simple. Por fortuna aún sientes que eres un viajero sin equipaje, esperando el tren que te lleve de vuelta a la normalidad, pero nunca asumes que esta vida tan lamentable se ha convertido en tu día a día.

Los días dejan de regirse por horas de sesenta minutos, y unas veces parecen ser eternos y otros pasan fugazmente sin darte cuenta. Para ti ha dejado de tener sentido el calendario. Todos los días son iguales. Una mañana despiertas y sabes que es de esa clase de días. Has perdido las ganas de todo. No tienes planificado nada. No recuerdas el tiempo que pierdes mirando las manchas de humedad de la habitación mientras permaneces echado en la cama. Cuando finalmente te levantas y vas al cuarto de baño, el sudor y la barba son los únicos que te dicen el tiempo que llevas sin salir a la calle. Porque, aunque cueste reconocerlo, estás solo.

Has dejado de tener vida social. En algún momento del pasado perdiste algo parecido a un amigo pero no lo llegas a recordar. Tampoco te importa demasiado. Prefieres estar solo que lamentando una mala compañía, pero en el fondo no estás tan seguro. Lo único cierto es que cada vez dejas menos que te vea la gente. Quizá echas de menos el hablar con alguien, pero tampoco lo encuentras un problema. El momento de mayor excitación del día es después de comer, cuando sales a tu pequeño balcón, te tiendes un poco en el suelo para que no te vean los vecinos de enfrente y miras el cielo soleado. Pero ahora es octubre y hace poco sol.

Eres incapaz de realizar una tarea seguida. Si decides hacer algo tan simple como tu propia cama, cuando todavía no has puesto la colcha, te echas sobre las sábanas y te pones a meditar, aunque luego, nunca recuerdes el qué. Los días son tan simétricos que cuesta distinguirlos unos de otros, y uno que es ateo convencido, intenta preguntar a Dios en vano si le concede una pequeña tregua con la que poder seguir hacia delante. Las semanas pasan fugazmente. Luego, los meses. Empiezas a volverte loco. De vez en cuando crees que el móvil te suena. Te levantas y te acercas al móvil. Nada. Ninguna llamada o mensaje.

Aparte de la soledad y el silencio, con el tiempo aparece otro acompañante, el miedo. A mí me dejó varias semanas paralizado. No sabía que hacer. Dicen que el trabajo es salud, yo siempre me he reído de eso, pero ahora, con tanto tiempo libre me estaba volviendo loco. Mi estado de ánimo pasaba por tres fases: deprimido, suicida y autocomplaciente. Cualquier psicólogo hubiera descrito una nueva enfermedad mental: la tripolaridad.

La única fuerza que me sacaba de mi sopor y me hacía estar más activo era la ansiedad. Escalofríos y una extraña fiebre me invadían regularmente. Me encontraba atacado por un mal de ojo severo. Sentía en mis sienes como se aceleraba mi ritmo cardiaco, y las palpitaciones me venían en los momentos más inesperados. Presentía a medianoche que amanecería muerto. Empecé a adelgazar. Casi no comía, y en cambio, siempre notaba que tenía ganas de cagar. Naturalmente me sentaba y no hacía nada, pero empezó a obsesionarme. Otras veces me quedaba con la boca seca, aguantando la respiración, mientras notaba aquellas palpitaciones. Acto seguido me contaba las pulsaciones. Empecé a padecer de insomnio y a tener escalofríos de manera más frecuente. Despertaba de madrugada y solo al amanecer podía dormir algo.

Una mañana de abril, sentí que no podría seguir así mucho más, así que decidí emplear como remedio la rutina de aquellos actos cotidianos como el ir a comprar o pasear a primera hora. Todo con tal de no acabar enloqueciendo. Intentaba levantarme temprano, aunque no lo conseguía nunca. Desayunaba. Iba al baño y después me vestía. Debía salir a la calle.

Pero cuando uno se siente desgraciado, el ver al resto de los mortales no siempre sienta bien. Da igual cuando lo vieras por última vez, si estás el suficiente tiempo por la calle, siempre acabas encontrándote a alguien. Y entonces surgen las incómodas formalidades.
- ¡Cuánto tiempo! ¿Qué tal? –te dice un conocido.
- Bien, como siempre –le dices.
Y antes de que te des cuenta, empieza a hablarte de sus proyectos de futuro, de sus viajes, de su maravillosa vida y deseas estar muerto.

Tienes entonces ganas es de ser invisible para todo el mundo. Pero sabes que no puedes y piensas en lo que te hubiera gustado decirle.
- Pues tengo un tumor.
O,
- De puta madre, pero mañana entro en el trullo.

Se lo dirías solamente para que no pudiera responder la frase hecha de “me alegro de verte” o peor aún: “a ver si quedamos un día”. ¿Realmente te alegras de verme? ¿A mí? Los dos sabemos que todo es parte de una mentira, y obviamente, el querer pasar una tarde conmigo es la mayor de todas.

Entonces, tras uno de estos encuentros, empiezas a tener pensamientos negativos. Visiones de sangre y tripas aparecen cuando cierras los ojos. Sientes que no te importaría que cayera una bomba atómica y todo quedara reducido a cenizas. ¿Acaso se iba a perder algo?

Al cabo de varios días, los paseos no remedian tu enfermedad, sino que los agravan. Todo el tiempo piensas cosas que harían llorar a una madre al escucharlas, y percibes que las ideas autodestructivas no lo parecen tanto tras una temporada sin estímulos ni alicientes. Entonces es cuando no percibes que estás perdiendo la cabeza.

Y llega esa mañana que sientes, todo va a cambiar. Has tenido la idea fantástica que es mejor no contar a nadie, y sales a comprar una soga con un nudo corredizo en uno de los extremos. Buscas un buen sitio donde montar un poco de jaleo. En uno de tus paseos, has visto que cerca de tu casa, están construyendo una fila de apartamentos. Hay grúas por todas partes. Es la hora del almuerzo y los operarios no están pendientes de lo que sucede a su alrededor. Toda su atención está concentrada en lo que tienen entre manos. Cruzas la valla que hay a la entrada de la edificación, y eliges la grúa más alta. Te acercas hasta ella y entras en la cabina. Pensabas que te tocaría escalar, pero estás de suerte; alguien ha dejado las llaves puestas. La pones en marcha, y con un movimiento de palanca, comienza el ascenso. Es entonces cuando los operarios se dan cuenta que alguien está en una de las grúas. Uno de ellos llama a la policía. Pero tú estás tranquilo, y sigues con tu idea fantástica mientras asciendes a lo más alto. Cuando todavía la máquina no ha dejado de subir, ves abajo, cuales hormigas rojas y azules, los coches patrulla. Es la primera vez en años que la policía acude puntual cuando se la llama. Para entonces, la grúa se ha parado completamente. Como chinches, los policías y los operarios empiezan a agruparse debajo de la maquinaria. Es el momento del desenlace de tu plan. Abres la puerta de la cabina y miras al otro extremo de la grúa, donde está albergado el contrapeso en una maraña arquitectónica de escuadras de metal engastados por tornillos de varias pulgadas. Ahora sólo un ataque de vértigo puede desistirte de tu idea, y te echas a reír cuando compruebas que realmente tienes miedo a caerte desde una altura tan alta. Mientras dudas unos segundos, la policía se ha montado en una segunda grúa ayudado por un operario para darte caza. Sacas la soga, te la enrollas en la cintura, y con equilibrio empiezas a caminar con cuidado por las vigas de acero que conforman el contrapeso de la grúa. Un viento fuerte comienza a soplar mientras un gran vacío te espera abajo en caso de caída. Pero tu idea no es dejarte caer. Sigues caminando hasta llegar al extremo final. Desde ahí se observa una vista fantástica de la ciudad. En ese momento, las dos grúas están casi a la misma altura, y desde una de ellas, unos policías comienzan a hablarte con un megáfono. No haces caso de lo que te dicen, tú tan solo te limitas a sentarte sobre la viga, a desenrollar la soga pasándotela por el cuello, y a atarla fuertemente a la construcción. Dudas unos segundos mientras dos policías se han desplegado sobre tu grúa atados con arneses. Respiras profundamente. Sabes que los días simétricos no volverán. Y te dejas caer.

Han sido solo unos instantes. Tu cuerpo estaba impávido en el vacío, antes de sentir el terrible yugo de la desesperación. Ha aparecido por fin un dolor carnal, auténtico y terriblemente real. Pero solo han sido unos segundos casi eternos. Cuando han pasado, sientes dolor, pero de otro tipo: has comprendido tu estupidez. Y mientras, dos policías te esposan a una viga de hierro a la vez que cortan la cuerda que te retiene la vida. Para cuando vuelvo a respirar con normalidad, estoy esposado y dentro de un coche patrulla. Y me alegro en parte de lo sucedido.

Vivía en una ciudad gris y triste en donde nadie me necesitaba, ni vivo, ni muerto. Nada hay más agradable que abandonar la senda marcada. Creo que por fin, había encontrado mi lugar. El descanso, había acabado.

7 comentarios:

fermin dijo...

Se me ha escapado un jod... Este relato me ha dejado un poco... ¿reflexivo?
Cuando te falta la esperanza, cuando te atormenta la desazón, creo que lo mejor es hablar, pero nunca contigo mismo.
Saludos, Moises

Logio dijo...

¿Hablas de una depresión?

Anónimo dijo...

Hola a todos! He estado un tiempo bastante liado y no me acercaba por aquí.

Efectivamente, como dice Logio, el relato trata de ese momento en la vida en que uno no ve luz al final del tunel, ni sabe a ciencia cierta porqué entró ahí.

Un saludo a moi por este blog tan chulo que tiene.

Un saludo a todos, I.G.

Anderea dijo...

Me asusta mucho, me da mucho miedo este relato. Porque conozco una parte de ese tunel, porque conozco personas que están en él. Porque es tan difícil salir de él.

Por lo demás, el relato en sí es muy bueno.

Un saludo y fuerza para todos y todas. Para ti también, Moisés.

Moisés P. dijo...

Gracias a todos por los comentarios..
Gracias Anderea....necesitamos tener fuerza...
y gracias a Abraham (I.G.) por sus relatos...

Balovega dijo...

Hola..espero que estés bien. Hoy paso para desearte unas felices vacaciones, las mías comienzas el 1 y quería darte un besote antes de irme.. Cuídate mucho..nos vemos en septiembre.

Moisés P. dijo...

Hola Balo, gracias por pasarte. Espero que disfrutes de esas merecidas vacaciones. Un besote muy grande también para ti¡¡¡

Son las....