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martes, 15 de diciembre de 2009

Relatos de Abraham Homero (VIII)




Dirty Hobbies

(Aficiones sucias)

Todas las personas que actualmente me conocen me consideran una persona respetable. Por mi trabajo, suelo reunirme con catedráticos, primeros ministros y hasta jefes de estado. Y en mi tiempo libre siempre tengo una localidad reservada en los palcos de teatros y campos de fútbol. Además, gracias a una amplia cantidad de amistades tiendo a relacionarme con personajes de conocida vida pública y social. Sin embargo, muy pocas saben que tengo pequeñísimas debilidades con las que hacer más soportable mi vida. No transijo ninguna ley; pero mis vecinos, mis allegados, mis familiares se escandalizarían si se enteraran de alguna de ellas.

A todas las personas, desde pequeñas se nos educa en lo que está bien y en lo que está mal. En lo que se puede y no se puede hacer. Todos comprendemos esta serie de normas y aparentemente todos las respetamos. Todos nos rasgaríamos las vestiduras si alguien, en mitad de un discurso, proclamara lo mucho que le divierte levantar la falda a unas jovencitas. Y en público nos indigna, claro que sí. Pero también, todos sabemos que en alguna parte de ese hipotético discurso, hay alguien que le divertiría pasearse entre jóvenes y levantarles la falda; y todo eso simplemente por el placer de hacer algo prohibido. Confieso que yo no llego a tanto (si es que creen en mi confesión, claro) pero debo decir que yo tengo un pasado como voyeur (breve, eso sí). Sinceramente todo sucedió de casualidad. Estaba tomando una ducha y sin darme cuenta descubrí que el ventanuco de mi baño daba directamente al ventanuco del baño del vecino. No fueron ni cinco segundos, pero los suficientes como para que la vecina (que también se estaba duchando) armara un pequeño escándalo porque decía que la estaba espiando. Le dio igual las explicaciones que argumentara, no me creyó y en todo el vecindario me etiquetaron como el voyeur del cuarto piso. Perdí algunas amistades y me retiraron varios saludos. No he vuelto (de forma consciente, pues soy una persona respetable) a ejercer la afición de mirón, y desde ese día hay una pregunta que me corroe: ¿Era yo quién miraba a la vecina o la vecina quién me miraba a mí; y que justo en el momento se cruzaron nuestras miradas; ella, tras ser descubierta organizó todo aquel alboroto? Nunca lo sabré pues desde entonces hice instalar un cristal de celosía.

Como ya he dicho, ésta realmente no fue una afición, sino algo accidentado. Sin embargo, sí hay algo que me atrae e intento practicar con mayor frecuencia.

El séptimo mandamiento dice: “no cometerás adulterio”, y décimo mandamiento: “no desearás a la mujer de tu prójimo”. Vale. De acuerdo. Pero si todas las mujeres por las que siento una atracción están comprometidas qué hago? ¿me tiro por el puente?

Por fortuna en el pasado había muchos igual que yo, así que por eso imagino que despenalizaron el adulterio. Puede que moralmente esté mal, yo no digo lo contrario, pero todo el mundo debió estar de acuerdo que con la tortura mental ya había suficiente. Aunque, ¿por qué despenalizar el adulterio cuando es legal el divorcio? Quizá es que haya más gente como yo de lo que cabría imaginar entre los que velan por nuestra legalidad.

El caso es que a mí las mujeres solteras no terminaron de atraerme tanto como las comprometidas. Para mí el cruzar una puerta de acceso restringido siempre es más excitante que el hacerlo por la puerta principal. Ya saben, el placer de la fruta prohibida.

No lo nieguen: cuando un amigo nos enseña el coche nuevo que se ha comprado y es mejor que el nuestro, una pequeña dosis de envidia circula por nuestras venas. Eso es algo que conocen desde los profetas antiguos hasta los publicistas modernos, y en el fondo; ansiamos poseerlo. Y seamos sinceros: con las mujeres nos pasa igual. Nuestro amigo se nos acerca sonriente y antes de que le preguntemos porqué, echa mano de su móvil y nos muestra la foto de su nueva novia. ¿Por qué nos la enseña? Porque sabe que nos dará envidia. ¿Y qué hacemos? Lo que nos han enseñado; felicitarle por la novia que ha conseguido y mostrarle pequeñas dosis de envidia. Nada más. Sin embargo, cuando desear a la novia de alguien es una de nuestras aficiones, el resultado es bien distinto.

En principio hago lo que dictan las normas sociales, y le felicito por su nueva pareja y espero pacientemente el momento de conocerla. En ese momento trato de hacerme amigo de ella. El 90 % de las veces es bastante fácil, su pareja es amiga nuestra y lo mejor de todo: conocemos también sus debilidades.

Intenten romper un cubito de hielo de un puñetazo. Es realmente difícil, casi imposible; pero prueben a sujetar pacientemente el cubito con la mano y, con el tiempo, se derretirá. Perderá toda su fuerza. También se enfriará su mano, pero a estas alturas el que se enfría la amistad con nuestro amigo nos importa realmente poco. Más del 40 % de la población adulta se confiesa infiel, y el 60 % restante aún no se ha confesado. No sean tan ingenuos, que ya hay demasiada gente con cornamenta que aún cree en el espíritu santo.

Obviamente, una vez conquistada deja de interesarnos, como el coche viejo frente al que anuncian en televisión. Es ley de vida. O de marketing. ¿Por qué hago todo esto? En el fondo, porque es mi debilidad, pero honestamente le estoy dando una lección de humildad a mi amigo, como hacen los ricos con los pobres que evitan ostentar de riqueza en su presencia para que no los maten.

Otra de las cosas a las que soy aficionado es a cotillear en cajones ajenos. Ya me entienden. Puede ser en los archivos de un solitario despacho o en las oficinas de una gran empresa. Sin embargo, con lo que más disfruto, es cuando me hallo en casas particulares. Como persona respetable que soy, en ocasiones paso la noche en casa ajena, y dado que tengo ganada su confianza, me dejan dormir mientras los inquilinos salen a la calle a realizar sus tareas. Al despertar, aburrido sin tener nada que hacer, aprovecho para rebuscar en sus cajones, sus armarios, sus discos duros de ordenador, sus sótanos; y paso el rato probándome sus vestidos, leyendo sus conversaciones guardadas de messenger, o viendo sus fotos privadas. Esas cosas. Créanme: se descubren muchas sorpresas y se conoce mejor a la gente. Aprovecho para recomendar este sano deporte, sobre todo a padres con hijos adolescentes. Ya me lo agradecerán.

Supongo que te estarás preguntando qué clase de persona respetable soy, que mira a sus vecinos cuando se duchan, que desean a la mujer del prójimo o husmean en los cajones de los amigos cuando estos no están. Pues te responderé clara y llanamente que soy ese a quien ves todas las mañanas reflejado en el espejo, que se afeita o maquilla según el sexo, que se revienta una espinilla rebelde surgida mientras dormías, que cotillea en un buzón cuando alguna carta asoma por la rendija; que afirma respetar las leyes pero conduce a 140 si no hay control de velocidad, que a pesar de rechazar las drogas, de vez en cuando se da una alegría por sus orificios nasales; soy ese que se siente admirado por todos sus títulos colgados de una pared pero que guarda fotos pornográficas en su disco duro. En definitiva, soy esa persona que sale con tu nombre y tu foto en el DNI y que te conoce tan bien.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Relatos de Abraham Homero (VII)




El domocida


En su afán enciclopédico por catalogar todos los tipos de enfermos mentales, los psicólogos describieron a su última víctima: el domocida.

¿Alguna vez perdieron los estribos al intentar programar el video? ¿se sintieron irritados al intentar pasar las imágenes de su videocámara de formato MOV a formato MPEG en su DVD pero su ordenador consideraba no computable la operación? ¿Alguna vez tuvieron ansias asesinas al ser incapaces de poner en hora el reloj de su horno tras una pérdida de corriente? Si ha contestado afirmativamente a alguna de estas preguntas, usted no es un torpe con los electrodomésticos; ¡¡usted es un DOMOCIDA!!

El domocida es un ser apacible pero inestable, de costumbres tranquilas que, ante un problema tecnológico, pierde esa paciencia propia del Homo pacificus y entra psicológicamente en un estado de involución mental hasta llegar al troglodita, al hombre de las cavernas, al Homo destructor; cuyos descendientes actuales han llegado por línea paterna a los sillones presidenciales de naciones y reinos tras largas deliberaciones con territorios a medio civilizar.

Leyendo la prensa diaria, los titulares de las noticias no dejan lugar a dudas, un brote de domocidas invade el país:

"Crimen en Media Markt: Disparó contra 12 lavadoras, siete hornos, dos frigoríficos y toda la sección de cámaras digitales".

"El asesino de Ono: Un tipo armado hasta los dientes atenta contra nueve tiendas de la compañía de telefonía y comunicaciones Ono. Una vez arrestado, declaró hacerlo por el nefasto servicio de postventa".

En una investigación reciente del tema, se ha descubierto que en la antigüedad ya se dieron los primeros casos, y se considera históricamente que los primeros grupos domocidas como tales surgieron en Inglaterra, durante la revolución industrial, aunque ya se tenía constancia de domocidas anteriores ilustres; como Leonardo Da Vinci, en donde actuales estudios demuestran que no son ciertas las observaciones que decían que era distraído e incapaz de concentrarse en una sola tarea, sino que se desesperaba al no poder hacer funcionar sus máquinas; o incluso los griegos, que incapaces de fabricar algo decente en sus moradas, exponían sus ideas sin llevarlas a la práctica, y ridiculizaban a todo aquel que pudiera ponerles en evidencia por medio de sus invenciones.

Las acciones de los domocidas se han producido a lo largo de los siglos; desde la quema de la biblioteca de Alejandría por parte de aquellos que eran incapaces de entender los manuales de uso de los relojes solares, hasta el destructor del mecanismo de Antiquitera, que hundió el barco que lo transportaba.

Se han descrito varios tipos de domocidas; aquellos que son completos, como Marx y Engels, especialmente éste último, pues los problemas derivados al dirigir la fábrica de su padre capitalista le irritaron tanto que se dejó llevar a los brazos del comunismo; y aquellos que son mixtos; en donde el Homo pacificus pugna con el H. destructor en una larga batalla mental, como fue el caso de Edison, tras más de mil fallos en la fabricación de su bombilla, u Oppenheimer, que dejó Los Álamos como el suelo lunar para conseguir la bomba atómica. Sabemos que Oppenheimer era un domocida mixto porque de haber sido completo a estas alturas la paz mundial ya habría sido una realidad.

Incluso en la literatura y el cine los autores se han hecho eco de esta enfermedad, sobre todo en la comedia y la ciencia-ficción. Desde Tiempos Modernos hasta la censurada Los hermanos Marx en el Hipermercado. ¿Quién no recuerda a Dave desmantelando la memoria de Hal 9000, el superordenador de 2001: Odisea en el espacio? ¿A Harrison Ford liquidando replicantes en Blade Runner? ¿O a Sarah Connor intentando acabar con un TX-1000? ¿Acaso eran unos héroes o simples maniáticos, desdeñosos de la tecnología robótica? Eso es algo que sus autores nunca nos desvelaron. Quizá ese aspecto de sus personajes diga mucho más acerca de sus autores que mil interpretaciones de sus vidas.

Además, algunos entendidos en la materia han descrito casos de domocidas según su sexo. El Psicoanalista tecnológico Pedro Suárez, en su libro; Danger: men at home? Ilustra casos reales de hombres al borde del divorcio por su incapacidad de realizar las típicas chapuzas de la casa, pues, como el autor indica en su prólogo; ¿Acaso algún hombre supo entender correctamente cómo usar una lavadora?

Un aspecto que ha preocupado siempre a los expertos ha sido el diagnóstico. ¿Cómo identificar (de forma eficaz) a un domocida?

Pero antes hemos de saber qué es exactamente un domocida. La palabra domocida la acuñó el periodista Michael Watt en su reportaje acerca de las devoluciones en las grandes cadenas de tiendas. Previamente ya hemos apuntado algunas ideas sin concretar en exceso. La última versión del Oxford English Dictionary nos dice que es una “persona cuya capacidad de uso de aquellos utensilios o herramientas de cierta complejidad es limitada. Persona fácilmente encolerizable ante la incomprensión de ciertos artefactos con resultado de rotura”.

Pese a que Redfford & Clied establecen el método de las sesenta y cuatro roturas, la forma clásica de identificación ha consistido en tres sencillos tests:

- El cubo Rubick. Consiste en cronometrar el tiempo que tarda el individuo desde que comienza a ordenarlo, hasta que desiste en su intento. Se toma especial interés en los brotes de ira ante su incapacidad.

- El manual de una calculadora científica. Al individuo se le pide realizar un cálculo concreto con la máquina y tiene como apoyo el manual. Como en el anterior, se mide tiempo y reacción.

-El empleo de un GPS sin actualizar por los alrededores de Madrid. Éste es a priori el más sencillo y el que mejor resultado da. Consiste en acompañar al individuo en un viaje nunca antes realizado por las carreteras de la capital en hora punta hasta una determinada dirección. Tiene como apoyo el GPS. Advertencia: se recomienda tener contratado seguro médico para la realización de la prueba.

Los expertos en psiquiatría, una vez identificada la enfermedad acordaron en la Cumbre de Brujas del 83 la búsqueda de posibles remedios. Tras muchos años de tratamientos poco eficaces casi inútiles, en la última conferencia sobre el tema en Viena, llegaron a la conclusión que era mejor aprender a convivir con el problema que intentar erradicarlo, solución que aplaudieron múltiples expertos, entre ellos las cadenas de tiendas Miró, Tien 21 y Media Markt.

“El paciente tiene que apreciar el valor de cada uno de los aparatos para ver su utilidad”, fue una de las conclusiones de los catedráticos de Viena. No obstante a estas conclusiones, se siguen aplicando algunos de los tratamientos como el del conocido doctor Tull y su terapia de aversión domótica (véase Homo Vs Machine) o Wendy Larsson y su Domo Mathetronika. En general, la terapia suele ser alejar al paciente de la fuente de irritación, y progresivamente exponiéndola a los diferentes electrodomésticos.

Según nos recomiendan insignes profesionales del ámbito como Balay, HP o Electrolux en sus catálogos publicitarios: “El objetivo de las terapias es revertir el proceso del domocidio, para que el enfermo perciba el sonido de su aspiradora como un zumbido normal, y no como algo maquiavélico; para que vea a su ordenador como un aparato en quien confiar y sin capacidad de rebelión, y al microondas como algo inofensivo donde calentar la leche. Porque lo que ofrecen estos productos, es tranquilidad y comodidad”.

Si usted se siente identificado con el artículo en cuestión y tiene interés en conocer más sobre el tema, envíenos un e-mail con el número de serie de 24 cifras de su electrodoméstico problema a: domocida@serviciotécnico.es o llame al 902-000-123 y siga las instrucciones de nuestro servicio de atención informatizado.


A. Homero
Psiquiatra oportunista

lunes, 20 de abril de 2009

Relatos de Abraham Homero (V)


Secretos profesionales

Una mujer va al dentista para una revisión. El odontólogo le indica que tiene una muela picada. El cliente decide que le elimine la caries. El dentista se la empasta, la mujer paga religiosamente y se vuelve contenta a su casa después de haber estado en manos de un profesional. Lo que no sabe, es que en la radiografía salía la segunda muela izquierda de la dentadura superior picada y el dentista le ha pulido la tercera buscando la caries. Se da cuenta del error y acaba empastándole la segunda y la tercera. El cliente no se ha enterado de nada, por supuesto. Y ha pagado con creces la revisión. Al final siempre es el consumidor quien paga, no la empresa.

Otro tipo va al hospital para operarse. Está en lista de espera desde hace dos años. Antes ha tenido que someterse a varias pruebas, cada una de ellas más comprometida que la anterior. Análisis de sangre, electrocardiograma, ingestión masiva de líquido para una lavativa; la cual le sigue una exploración rectal, toda ella visualizada por el profesional y un montón de residentes y estudiantes. Todos los resultados de esos análisis pasan a engrosar su historial médico. Finalmente, el día de la operación aparece en el pre-operatorio desnudo, únicamente con una bata verde con la que tapar sus vergüenzas y fundas verdes para los pies. Entra a quirófano y por prescripción facultativa, recibe anestesia general. A partir de ahí el especialista se pone cómodo: pone un poco de música de fondo, y comienza a trajinar entre tripas como si fuera el motor de un coche. Sin querer, ha pinchado el circuito de frenos y ha comenzado a salirse el líquido manchando el motor. Comienza a revisar la batería y observa que está peor de lo que se imaginaba. Hay que cambiarla. Las conexiones están oxidadas. Recurre al sistema de tracción trasero del vehículo para cortar y empalmar un cableado que servirá para mejorar la batería. Se ha pasado cortando. Bueno, empalma con lo que queda. Total, el dueño no se va a dar cuenta. Mientras está haciendo la operación, el cirujano, como si de un mecánico de humanos se tratara, comienza a explicar a los mozos del taller lo que estuvo haciendo el fin de semana. Mientras charla distendidamente, acaba el proceso, cierra la carrocería, le dan una mano de cera y casi como nuevo. Es hora de recoger las herramientas: destornillador, candado, llave inglesa, llave Allen, manguitos... –¡Uy! –dice. –Falta un tornillo de agarre–. Pero para entonces no hay tiempo de abrir. El número de vehículos a reparar esa mañana es demasiado. Total, tampoco lo va a echar en falta, dice. No es una bujía que podría dañar los circuitos. Es sólo un tornillo. Pero aquí no es tan fácil como con el dentista. Futuras radiografías pueden dar con el fallo. Pero para entonces, ellos ya habrán cobrado.

Nadie dice nada. Todos guardan silencio alrededor del profesional. Este tipo de publicidad es muy dañino. Si alguna vez alguien repara en el error, de forma discreta, casi a escondidas zanjan el asunto. Los medios no deben enterarse. La imagen lo es todo.

Estamos en un cásting. Se buscan los nuevos rostros del cine español. Los requisitos son muy sencillos: Chico/a de entre 18 y 25 años, con dotes de interpretación. Presentarse en el Hotel ABC día “n”, a partir de la hora “h” para una sesión fotográfica. Dos profesionales fotográficos desde primera hora de la mañana están preparando el salón que el hotel les ha cedido donde pueden tomar fotos. Van llegando los jóvenes con afán de sueños cinematográficos, a los que se les pide que sonrían ante un fondo blanco con una pizarra en las manos y un número según el orden de llegada. “Ya está”, “ya te llamaremos”, dicen muy educadamente. Todos los aspirantes a actores y actrices se marchan, albergando la pequeña esperanza de que les van a llamar. Horas más tarde, el director del cásting con el book de fotos en las manos lo va ojeando. “Feo”, dice del primero. “Caraculo”, del siguiente. Así hasta que se para en una foto de una chica guapa. La mira atentamente unos instantes y luego dice: “Gorda y tetas pequeñas”, y pasa a la siguiente. Finalmente, tras ojear un rato, apunta en una libreta: 243 y 287. Coge las fichas con sus datos y contacta por separado con cada una de ellas. Las lleva a un restaurante elegante de la capital, y les explica en qué consistiría su papel. Ellas, como es normal, se les llena la cabeza por un momento de mariposas y casi pueden escuchar sus nombres con un premio en las manos. Pero queda un detalle que las hace despertar para sentarse a la mesa de ese restaurante elegante, con un director de cásting enfrente. “Antes de todo esto”, dice el director del cásting. “Tienes que hacer una última prueba”. La 243 le pregunta. La 287 no. “¿Qué tipo de prueba?”. El director del cásting no contesta. La 243 no vuelve a hablar. La respuesta está en el aire, en ese silencio incómodo que rodea la reunión. Finalmente, el director de cásting se ve obligado a comentarlo. Se incorpora sigilosamente hacia la 243 y le dice algo entre susurros que nadie ha podido escuchar. La 243 se levanta y se va. Un camarero ha podido leer algo de los labios del director de cásting. “Mam...ada”, piensa mientras entra a la cocina con los restos de otra mesa. Seis meses después, la 287 tiene rostro y nombre en los principales medios de la industria del cine español.

Una mañana, en los principales periódicos del país aparece en titulares: “Importante golpe contra en narcotráfico”. Se abre por la página del reportaje y puede leer con más detalle todo lo acontecido al golpe. Incautados más de tres mil kilos de cocaína en el momento en que se iba a producir una venta. Requisados además, importante documentación, armas de fuego y más de cuatro millones de euros en efectivo. Al final del reportaje, el ministro, políticos y otras comadrejas; se congratulan de la buena operación realizada. Todo ha salido bien y por la noche se forman pequeños corrillos comentando la operación que no se dice en los periódicos. Un confidente de la policía, con un largo historial delictivo, es el encargado de hacerse pasar por comprador de la coca. Llevan meses preparando el encuentro, buscando la mejor manera de poner en contacto comprador y vendedor. Van con cuidado, no puede hacerse a través de los protagonistas. Esos se los dejan para el final. Hay muchos secundarios, como una cadena en la que hay que pasar por todos los aros antes de llegar al broche, momento en el que se cierra la operación. Un paso en falso y se quedan sin la cadena y el perro, un perro que pesa cinco mil kilos de cocaína y seis millones de euros. Sí, han leído bien. En el momento preciso, tiran de la cadena, llevándose por delante la puerta, el confidente y parte del perro. Se produce de forma contundente la entrada policial, empuñando fusiles y pistolas. Se les da el alto. Levantan las manos y detienen a todos los presentes. Esposados y arrodillados, es hora de contabilizar el botín. Graban toda la operación que servirá para el juicio. Sacados los narcotraficantes, ahora están solos los policías. Los representantes de la ley registran el piso de arriba abajo. Habitaciones, muebles; ni el suelo ni la escayola del techo se libran. Es hora de sacar cuentas. Están solos. “Total, es dinero de la droga”, dicen unos. “Para que se lo lleven los que vienen detrás...”, dicen otros. Es la versión moderna de Alí baba y los cuarenta ladrones. Son compañeros, amigos. Nadie lo va a descubrir. Han arriesgado su vida, “es una pequeña gratificación” piensan la primera vez. Ahora ya no. Es rutina. Saben de antemano lo que se van a encontrar. Únicamente, mientras están contando piensan a cuanto van a salir. Fuera han dejado sus coches particulares aparcados. Están tomando un break, un descanso de su dura tarea. Uno de ellos saldrá con las bolsas. ¿Qué pasa con la cocaína?, se preguntan. Bueno, la cocaína se destruirá en una cementera. Qué más da tres o cinco toneladas, todas acabarán mezcladas con el yeso de las paredes. Nadie sabe que se hará con la cocaína. Eso ni siquiera se menciona en el corrillo.

Para saber qué sucede con la droga, mejor es conocer la vida de aquellos que acabaron siendo cabeza de turco en redadas policiales. Algunos fueron cogidos en el aeropuerto, en la aduana, y cuya procedencia era algún país de Latinoamérica. Algún conocido les ofreció llevar droga a Europa; y como compensación, tendrían pagada la hipoteca de sus casas, algunos dólares en efectivo y una semana en un hotel estadounidense. Otros, simples camellos de ciudad, fueron cogidos por el chivatazo de algún confidente, aquél que el policía amigo presiona constantemente para que le dé nombres y poder tener una cuota de detenidos. Todos ellos fueron acusados por narcotráfico y tras el juicio pasaron parte de su vida en la cárcel. Al salir, algunos abandonaron aquella vida; otros en cambio, dentro de la prisión aprendieron de sus errores, y al salir optimizaron su método de trabajo. Se volvieron más cautos. Ahora, al atender a un cliente, llevan lo justo para que la mercancía, en un posible juicio pase por dosis para consumo propio. Ahora, ellos ya no buscan el consumidor final. Forman uno de los eslabones. Ya no quieren ser el camello que se expone. Ahora, siguen sencillas reglas. Estar siempre disponible para el cliente, nada de llevar el móvil apagado a las cinco de la mañana. No aceptar llamadas de quién no conoces. Si alguien llama diciendo que es amigo de uno que conocen, dicen que se ha equivocado. Y la regla más importante: no fiarle a nadie nada de droga. Porque el mejor negocio se realiza en momentos de necesidad del cliente. Ahora, cuando han aprendido a mantener las formas en la prudencia es cuando pueden decir, que ya se han rehabilitado.

Hay una feria de alimentación. El jamón es la estrella. Todo el mundo se acerca a la degustación. Junto a los jamones, hay unas fotos de cerdos enormes pastando tranquilamente en el campo. La promoción ha sido un éxito y las ventas mejor que nunca. Los visitantes le preguntan a la azafata a cerca de la vida de los cerdos. Ella no tiene ni idea, le han llamado la semana antes de empezar la feria para que esté en el stand con los canapés y los platos de jamón, nada más. Para salir del apuro, les dice cuatro palabras amables de lo que ella piensa que es una granja y ya está. Al finalizar el día, habla con su jefe del incidente. Éste trabajó durante años en empresas del sector hasta que finalmente ha conseguido establecer la suya propia, así que decide explicarle un poco cómo funcionan las granjas modernas. Cuando nacen los lechones, explica; a las hembras las ponen entre barrotes con los lechones al lado para que no los aplaste. A las pocas semanas, apartan a las crías de las hembras para cebarlas. Las meten en unos habitáculos diminutos para que no malgasten energías y vayan engordando y formando más carne, a la espera del día en que son sacrificadas. Los animales casi no se mueven de allí, tan solo cuando son más grandes las cambian a otras jaulas individuales. Si son hembras, las apartan como reproductoras y las inseminan artificialmente. Es una cadena de producción en la que la materia prima son los animales y el pienso, para obtener como producto resultante carne de cerdo de primera calidad, y como residuo; los purines, las heces de los animales, nada más. Antes, si un cerdo moría, se hacía harina de su cuerpo que servía de alimento a sus otros congéneres. Ahora ya no. Aunque para mejorar el beneficio del cerdo, no siempre se le da el pienso de mejor calidad. Política de empresa. Llegado el día del sacrificio en el matadero, por medio de una descarga eléctrica se les aturde para después, como si de una cadena de fabricación se tratara, partir al animal por la mitad, descuartizarlo, o emplearlo para hacer embutidos. Ante la explicación del jefe, la azafata solo tiene una duda. “Si la inseminación es artificial”, “¿Cómo obtienen el semen?”, pregunta. “El trabajo mejor pagado de este negocio es el de masturbador profesional de sementales”, dice mientras le tiende la mano para despedirse.

¿Qué porqué sé todas estas cosas? Trabajo en el catering de un hotel en donde semanalmente atiendo y sirvo a estos grandes profesionales cuando se reúnen, y entre copa y copa, cuentan sus anécdotas. Ellos están contentos brindando con lo que creen es cava. Pero no lo es. Se lo he servido yo. Pero, shh... no lo cuenten por ahí. Es un secreto.

jueves, 2 de abril de 2009

Relatos de Abraham Homero (IV)



A MI HERMANO LE PESA LA CABEZA

Si a cada uno de nosotros nos dieran una peseta por cada barbaridad que decimos, seguramente muchos seríamos millonarios. Yo, desde hace ya un tiempo empecé a decirle de todo a mi hermano el mayor, (pues somos tres), ya que siempre se ha estado metiendo conmigo. Lo último que le pude llamar fue cabezón, y con eso bastó. Mientras escribo esto desde una gran mesa que hay en la plaza del pueblo, todavía me río de la cara que puso cuando vio que no le empezaba a caber la cabeza en los jerseys. ¡Cabezoooón!! Empezó a sonar entonces por las calles del pueblo cuando le veían a lo lejos, desde las lomas que rodean el pueblo siempre que salía de casa. Aunque sea mi hermano, yo me alegro de todo esto porque siempre yo y el pequeño nos llevábamos los pescozones del bruto del hermano mayor.

Al principio, pues parecía que había pegado el estirón, pero conforme mi madre le fue comprando ropa nueva, nos dimos cuenta de que sobre los hombros tenía una sandía en vez de una cabeza, que tardaba más en madurar que los melocotones de la nevera. A todo esto, pues fue evolucionando como del mono al hombre, lástima que mi hermano se quedara en el gorila, y de las risas y chistes del pueblo, se pasó a la preocupación familiar de mis padres (digo mal, mi madre), hasta que se empeñó en llevarlo al médico para ver qué era lo que le pasaba. Le estuvo llevando varios días, y según parece, aquello era normal, y durante los dos meses siguientes la cosa no cambió demasiado...

Hasta que llegó el invierno, y se ve que la sandía de mi hermano era más melón de año nuevo; y fue por eso por lo que en esas fechas decidió madurar. El día que nos dieron las vacaciones en el colegio, por la tarde yo y el pequeño nos fuimos con mi madre a un supermercado a comprar adornos y regalos para los abuelos, y cuando volvimos el cabezón de mi hermano (valga la redundancia), se había quedado encajado bajo la cama buscando las zapatillas de estar por casa, y hasta que no llegamos, allí se quedó, medio mareado oliendo el maravilloso mundo de sus zapatillas, que echan un pestazo a rata muerta que tira p´atrás. Mi madre cuando lo vio, comenzó a gritar que “aquello no era normal”, “que aquello no era normal”, como cuando el PP ganó las generales. Así que llamamos al pobre de mi padre que se tira doce horas en la fábrica, para que viniera y llevara a mi hermano-calabaza al hospital.

Allí le diagnosticaron la enfermedad del Ircujo, en honor nuestro, claro, la familia Pérez Ircujo. Comenzaron a venir entonces médicos de muchos sitios del país intentando ver a qué se debía ese crecimiento desproporcionado de la cabeza. A la vez le miraron si también le había crecido el cerebro, pero no, eso y la entrepierna fue lo único que se le había quedado chico. A todo esto, en el pueblo no paraban mis amigos de preguntarme qué le pasaba a mi hermano, y yo, pues hasta ideé una teoría y todo. En mi opinión, aquella rara situación se había dado por dos posibles causas: una, a mi parecer muy clara, es el castigo divino por haberse portado mal conmigo desde que era muy pequeño; la otra, que yo recuerde es que nunca le he visto lavarse la cabeza, como mucho la cara a lo gorrino y poco más, y claro, las lluvias y nevadas de este invierno pues le han quitado la mugre y ésta ha hecho como de abono para la cabeza y de ahí ese espectacular tamaño. (Esta otra teoría por los datos que tengo no es del todo fiable). El caso es que parece ser que los médicos le recetaron algo y la cabeza dejó durante un tiempo de crecerle, por suerte para nosotros, porque otro “estirón” y tenemos que reformar los tabiques de la casa. Llegó a todo esto la Navidad y como no tenía mucho dinero para hacerle un buen regalo, pues no se me ocurrió otra cosa que regalarle un casco de buzo del abuelo. ¡No veas qué mosqueo cogió! Por suerte para mí, me escondí en las callejuelas del pueblo y por allí no pasó en todo el día. Cuando volví, mi hermano pequeño me dijo que se estuvo probando el casco de buzo, pero que como mucho lo podía usar de boina.

Mientras nos deleitábamos con las fiestas y las vacaciones (unos más que otros) tuvimos que volver al colegio. Desde ese día y hasta ahora, la maestra lo coloca al lado de las dos puertas y por ahí no pasa ni el aire. Si algún día se pega fuego la clase, me temo que no se salva ni el gato. Con las idas y venidas de la escuela, en esas fechas todavía frías, a mi madre se le ocurrió la genial idea de hacernos unos gorritos para no pasar frío. A todos nos gustó la idea, lástima que mi hermano el mayor quiso la suya blanca, pues me temo que el año que viene vamos a ver al Madrid vestido de caqui.

De la extraña enfermedad ésta han pasado ya algunos meses y, bueno, pues las cosas están igual, con un hermano que necesita un curso por correspondencia para ponerse la camisa y peinarse; lo bueno es que ya ha dejado de meterse conmigo, no me extraña. Ahora el que se mete con él soy yo, y con el pequeño. Bueno, pues no creo que haya nada más que contar; salvo que estoy en la plaza del pueblo, con el gorro blanco de mi hermano y que no sé hasta cuando podré volver a entrar en mi casa...

lunes, 23 de febrero de 2009

Virtual

La mayoría de las veces los correos que nos llegan están vacíos de contenido y nos hacen perder el tiempo; sin embargo en otras ocasiones nos llegan cosas que nos agradan y que queremos compartirlas con los demas.

En esta ocasión, me alegro de haber recibido este correo, y no quiero que quede solo en mi buzón de entrada (gràcies Manolet):



Cierto día entré apurado y con mucho apetito a un restaurante

Escogí una mesa bien alejada del movimiento, porque quería aprovechar los pocos minutos que tenía ese día, utilizarlos para comer y concretar algunas ideas de programación, de un sistema que estaba desarrollando, además tenía ganas de planear mis vacaciones, que desde hace mucho tiempo no sé lo que son.

Pedí un filet de salmón con alcaparras en manteca, ensalada con jugo de naranja, pues al final de cuenta hambre es hambre y régimen es régimen, no?

Abrí mi notebook y al mismo instante me llevé un susto con aquella voz bajita detrás de mí:

Señor, me da unas monedas?

- No tengo, pequeño.

- Solo una monedita para compar un pan.

- Está bien, yo te compro uno.

Para variar, mi casilla de correos estaba llena de e-mails. Quedé distraído leyendo poesías, lindos mensajes, riendo de esas locas bromas. Ahhh! Esa música me llevaba a Londres, recordando un hermoso tiempo pasado.

- Señor, pida que le pongan al pan manteca y queso también!

Ahí me doy cuenta que el pequeño estaba a mi lado.

- OK, pero después me dejas trabajar, estoy muy ocupado, de acuerdo?

Llegó mi comida y con ella la realidad. Hago el pedido del pequeño, y el mozo me pregunta si quiero que el niño sea retirado. Mi cargo de conciencia me impide tomar una decisión, y digo “no, está todo bien”.

- Déjelo que se quede. Traiga el pan y una comida decente para él.

Entonces el niño se sentó frente a mí y preguntó:

- Señor qué está haciendo?

- Estoy leyendo e-mails.

- Y qué son e-mails?

Son mensajes electrónicos enviados por personas vía Internet.

Sabía que él no iría a entender nada, y para evitar mayores cuestionamientos dije:

- Es como si fuese una carta, solo que se envía por Internet.

- Señor, usted tiene Internet?

- Sí tengo, es escencial en el mundo actual.

- Y qué es Internet?

- Es un lugar en la computadora donde podemos ver y oir muchas cosas, noticias, música, conocer personas, leer, escribir, soñar, trabajar, aprender. Tiene todo pero en un mundo virtual.

- Y qué es lo virtual?

Decido dar una explicación simplificada, con la certeza de que él poco va a entender, y me va a librar para comer mi almuerzo, sin culpa.

- Virtual es un lugar que imaginamos, algo que no podemos tocar, alcanzar. Un lugar en el que creamos un montón de cosas que nos gustaría hacer. Creamos nuestras fantasías, transformamos el mundo en casi como quisiéramos que fuese.

- Qué bueno, me gustó! ! !

- Pequeño, entendiste lo que es virtual?

- Si señor, yo también vivo en este mundo virtual.

- Y tú tienes computadora?

- No, pero mi mundo también es de ese estilo,... Virtual!!.

- Mi madre pasa todo el día fuera, llega muy tarde y casi que no la veo.

- Yo paso cuidando a mi hermano pequeño que vive llorando de hambre, y le doy agua para que el piense que es sopa.

- Mi hermana mayor sale todo el día, dice que va a vender su cuerpo, pero yo no entiendo, pues ella vuelve siempre con su cuerpo.

- Mi padre está en la cárcel hace mucho tiempo.

- Y yo siempre imagino a toda la familia junta en casa, mucha comida, muchos juguetes en Navidad, y yo yendo a la escuela para ser un gran médico algún día.

- Esto no es virtual, señor?

Cerré mi notebook, no antes de que mis lágrimas cayeran sobre el teclado.

Esperé a que el niño terminase literalmente de “devorar” su plato, pagué la cuenta y di el cambio al pequeño, que me retribuyó con una de las mas bellas y sinceras sonrisas que jamás había recibido en mi vida, y además con un “Gracias señor, usted es un maestro!”.

Ahí, en ese instante, tuve la mayor prueba de virtualismo insensato en que vivimos todos los días, en cuanto a la cruel realidad rodeada de verdad, y hacemos de cuenta que no la percibimos!


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Aquí finaliza el mensaje y nos de dos opciones al final: enviar el mensaje a varios amigos, o cerrar el mensaje y olvidar el tema. Yo elegí una tercera, publicarlo en el blog.

saludos

domingo, 22 de febrero de 2009

Relatos de Abraham Homero (III)


La casa de los ahorcados

La horca no era una soga de dos metros y medio con un nudo corredizo alrededor del cuello. Y la casa no era el patíbulo de los criminales, si no una empresa de empleados con corbata.

- ¡Mil euros por tus sueños! –gritó en voz baja el gerente de la empresa.
Y a su voz todos aquellos se lanzaron desesperados a firmar. Hasta hoy.

Diez años antes palabras como contabilidad, carpetas de clientes, o albaranes de venta, eran extraños vocablos provenientes de un mundo desconocido, opaco. Nada que ver con sus vidas. Actualmente los sueldos los habían vuelto títeres movidos por las corbatas de la empresa. Las corbatas les habían impedido gritar, pero no quejarse. Y siempre se les escuchaba quejarse por todo en voz baja, pero nunca alzaban la voz para exigir; pues nunca exigían. Mientras, los años pasaban y ahí seguían, con sus quejas de siempre en sus oficinas de siempre.

El señor Ando estaba con sus compañeros en compras. Se encargaba de llamar a los distintos proveedores para hacerles su pedido semanal. Se pasaba las horas llamando por teléfono y rellenando columnas de datos abstractos en su PC. Día a día se aburría cada vez más con su rutinario trabajo, y solía pasar las horas del almuerzo escribiendo pequeños cuentos que luego imprimía y se llevaba a casa. Su sueldo no era muy alto, pero con él podía pagar las facturas y alimentar al coche. Su sueldo era como el de todos los demás, lo mínimo estipulado en el convenio. Cada uno expresaba sus frustraciones de una manera, y el señor Ando escribía relatos. Con los meses y los años, aquellas pequeñas historias se hicieron su mejor compañía, y ante la falta de valor para dejar la empresa; se volvieron más importantes para él. Ya no sólo escribía y releía en sus momentos de descanso y ratos libres, también había veces que había hecho esperar a un cliente o proveedor para escribir ese párrafo aparecido en un momento de inspiración. Hubo una vez incluso, que salió una hora antes de la oficina para llevar lo escrito durante esos años a una pequeña editorial. Fue por esa época en que le llamaron la atención con el formulario F42 Edición 2, por la siguiente causa: Escribir relatos en hora de oficina. Le habían encontrado, además, una carpeta en su PC titulada escritos, con más de veinticinco relatos entre acabados y a medio hacer. Aquellas ficciones le suponían la pérdida trimestral de los incentivos por productividad, y el estar avisado por el F 42, Ed. 2. La siguiente vez, el responsable de grupo emplearía el Formulario rojo F43. Edición 1. Nadie en veinticinco años en la empresa había rellenado un F43. Ni siquiera los jefes de departamento sabían en qué procedimiento estaba indicado su uso.

Todo eso al señor Ando no le importó. Había valido la pena escribir todos esos pequeños sueños, con los que poder soportar su triste y gris realidad de oficinista. Siguió su rutina diaria pero no abandonó a sus cuentos. En su departamento todos comenzaron a criticar que escribiera en horas de trabajo, pero también era cierto que nunca se marchó a casa sin tener su trabajo hecho. Tras varios días de ser murmurado por sus compañeros, el jefe de sección lo llamó a su despacho.

- Tu puesto está pendiente de un hilo.

Al señor Ando no le afectó. Marchó a su mesa y continuó con su trabajo.

Días más tarde, cuando el señor Ando llegó a la empresa por la mañana, se encontró con una carta en su mesa. Le agradecían el tiempo que había pasado con ellos, pero que ya no precisaban más de su trabajo. En quince días podía abandonar la empresa. El señor Ando guardó la carta en su portafolios y encendió el ordenador. Comenzó a revisar como había hecho en los últimos veinte años los materiales de los almacenes, y en consecuencia, llamaba a un determinado proveedor. Llamó a la empresa de Serigrafías de Levante. A mitad de conversación, el señor Ando se disculpó, diciendo que tenía que resolver un asunto, y le colgó. Después abrió su carpeta de escritos. Ya tenía la clave para acabar su último relato. Pero se encontró con el desagradable descubrimiento de que todo había sido borrado. Volvió a llamar a Serigrafías de Levante. Terminó de realizar las gestiones. Y pasó a otro proveedor. Aquel día no escribió ni una sola línea de ficción.

Ya anocheciendo, se levantó de su mesa con las gestiones adelantadas de mañana. No tenía ni ganas de escribir, así que en vez de quedarse un poco hasta acabar esa última línea que se resiste, dejó a su hora la empresa. Decidió andar hasta su casa en vez de coger el coche. Salió de la zona de grandes edificios de oficinas, y se acercó hasta el puente por el que cruza el río rodeado de abedules, pinos y olmos. El señor Ando había olvidado la última vez que miró por su ventana discurrir el agua tranquila y marrón del río, antes de desaparecer por el canal cerrado que cruza la parte vieja de la ciudad.

En los días restantes a su despido, el señor Ando trabajó como antaño; rutinario, triste y silencioso, pasando números artificiales y serios de una columna a otra, todo con tal que en contabilidad no se perdiera ni una coma. No habló con ninguno de sus compañeros ni quiso despedirse de ellos. Habían sido veinte años de compañerismo frío, sin ningún tipo de camaradería. En su última tarde, decidió marcharse antes, así que cogió sus pocas pertenencias y salió caminando para siempre de ese viejo edificio en el que había pasado toda su vida.

Esa tarde, el señor Ando se acercó hasta la barandilla del puente para ver mejor la crecida del río por las lluvias del otoño. El cauce era espléndido, con aquella fuerza se parecía al Mississipi de Twain a pequeña escala, a los ríos por los que navegó Conrad en sus pesadillas. El señor Ando dejó sus pertenencias en el suelo, se subió a la barandilla, se deshizo el nudo de la corbata, se desabrochó la camisa y ante el asombro de paseantes del puente, y de conductores que en ese momento lo estaban cruzando, se lanzó al vacío. Los pocos que reaccionaron acercándose hasta la barandilla contuvieron el grito, el resto gritó asustado. A la mañana siguiente, en las oficinas no se hablaba de otra cosa. Todo el mundo que estaba allí decía que se había suicidado lanzándose a las aguas crecidas del río. Muchos dieron por cierta la tesis de su locura. Solo unos pocos lloraron su muerte. Días después seguían hablando del incidente. Sólo uno de los compañeros que le vio saltar supo lo que pasó después. El señor Ando comenzó a caer para después elevarse como un diente de león florecido por encima de las aguas y a ser llevado por el viento. No se mojó y comenzó a volar por el aire siguiendo el curso del río, y cuando éste desapareció engullido por el canal, empezó a elevarse cada vez más, y al final, desapareció entre las nubes. Aquello nunca lo contó. Porque aquello era un imposible.

viernes, 6 de febrero de 2009

Relatos de Abraham Homero (II)


Después de lograr su primer éxito en este Blog con "dosis recomendada de pereza" , el pensador y contador de historias Abraham Homero, nos sorprende con su segundo relato:


El escrito imposible

Un lunes a primera hora. Ventanilla 3. Tras sacar número y esperar un par de horas, llegó su turno.

- Hola, buenos días.

- Buenos días. ¿Qué desea?

- Quisiera renovar mi licencia de escritor.

- Muy bien. ¿Trae su manuscrito consigo con todos los permisos actualizados?

-
Bueno, mi licencia y el permiso de la RAE. ¿Hace falta alguno más?

- No lo sé todavía, déjeme ver el manuscrito –le entrega un diminuto chip–. Ahora su licencia, el de la RAE y el Carné Nacional de Escritor.

- No, no lo tengo.

- ¿Cómo? ¿Y quién va a defender sus derechos de autor?

- Eso ya lo pensaré una vez encuentre alguna editorial que quiera publicarme.

- ¡Ah no! Eso es ilegal. La Asociación Nacional de Escritores se creó para hacer de intermediario y así tener más poder con las grandes editoras.

- Ya, pero inscribirse cuesta 1000 euros.

- Lo siento, pero esta inconformidad me obliga a multarle. Trescientos euros.

- Vaya, yo pensaba...

- ¡Pensaba, pensaba! ¿Pero en qué mundo vive? Aquí veo además que su licencia de escritor caducó hará dos meses, y que el manuscrito la finalizó hace una semana.

- Verá estaba muy inspirado para acabar la historia y no podía distraerme un segundo con nada.

- Ya claro. Lo siento pero esto no puedo pasárselo. Ha incumplido el periodo regulado para las actualizaciones de la licencia. ¿Por qué no lo hizo desde casa?

- Es que no tengo ordenador.

- ¿Y cómo ha logrado pasarlo a un medio informático?

- Me lo hizo un amigo.

- Ya... Que sepa que para verificar ese dato mandaré un inspector de servicios informáticos a su dirección. Por cierto... ¿Tiene su amigo licencia de escritor?

- No. El autor soy yo.

- La Ley interpreta que cualquiera que traslade a un medio informático un escrito con vistas a su publicación en el ámbito literario es un escritor, y debe tener licencia para ello. Con la excepción que sea sin ánimo de lucro. ¿Tiene solicitado un contrato de escritura sin ánimo de lucro su amigo?

- No que yo sepa.

- Pues tendrá que volver otro día.

-
Espere. ¿Podría mirarme si está todo en regla el manuscrito?

- Me quiere hacer trabajar usted, joven. Veamos... Está escaneando... Aquí usted escribe: “El dolor es necesario, vital para hacernos sentir humanos” Y esa frase es un plagio de ésta: El amor nos hace sentir como seres humanos. De S.S. McNamara. La coincidencia es más de un 80%, luego se considera plagio de la obra registrada “El amor en los tiempos de la sífilis”. Necesita tener una licencia de uso de esta obra.

- ¿Y cuánto me costará?

- Umm... Cien euros por una obra, trescientos por cinco obras. ¿Quiere que sigamos buscando para así sacar una única licencia de uso de varias obras?

- Está bien.

- Aquí hay otra: “Muchos años después frente al pelotón de fusilamiento...”

-
¡Un momento! Ahí yo hago una cita del clásico de García Márquez indicando en todo momento quién es el autor. ¿Eso no sirve?

- Ya no. Sus herederos patentaron todas las frases de sus obras y ahora cualquiera que las utilice tiene que pasar por caja.

-
¡Disculpe usted! ¿Desde cuándo se puede patentar el vocabulario? ¿Acaso las palabras no son de todos?

- ¿De dónde se ha caído usted? ¿Qué se cree que son las Academias de la Lengua? Hace años que dejaron de servir para la difusión y la conservación de los idiomas y se convirtieron en empresas privadas que dan un servicio y lo cobran por el uso de sus lenguas.

- ¡Pues me inventaré mi propio idioma!

- Eso es inconstitucional. Ni se le ocurra o acabará en la cárcel. No se sulfure, en esta vida todo es negociable. Sigamos. Usted mencionó antes que estaba inspirado. ¿Algo qué declarar? Alcohol, tabaco, cocaína, hachís...

- ¡No! ¿Por quién me ha tomado?

- ¿Seguro? Necesito que se haga un análisis de sangre y me traiga además una muestra de orina. No es broma. Está permitido el uso de sustancias psicotrópicas estimulantes durante el proceso de creación, pero para eso necesita una autorización de su centro de salud. En caso que haga un uso indebido y no tenga el permiso deberá abonar una multa por consumo de narcóticos.

-
Escuche, pero...

- No me interrumpa. Aquí veo una crítica al gobierno. ¿De qué partido es?

- De ninguno.

- Entiendo... ¿Me enseña su carné de anarquista?

- Paso de los políticos.

- No me entiende. ¿Sabe que le pueden denunciar por criticar a un estamento público de manera injustificada?

-
¿Pero acaso en este país no existe la libertad de expresión?

- ¿Libertad de qué?

-
¡¡De expresión!!

- No, esa novela no me suena. Bueno, finalizando... Trescientos € por no estar inscrito en la Asociación Nacional de Escritores, más mil para inscribirse... Doscientos por tener caducada la licencia de escritor... Cuatro plagios encontrados... ¿Querrá tener el bono de cinco? Lo imaginaba.... Trescientos más. En total son mil ochocientos euros. Y necesitaré el contrato de escritura sin ánimo de lucro y las muestras de sangre y orina. ¿Con qué título quiere registrar su obra?

-
¡¡Váyanse a robar a su padre!!

- Ese ya está cogido. ¿Alguno más original?


(pd. Gracias Toni)

jueves, 22 de enero de 2009

Relatos de Abraham Homero (I)


Apreciados lectores de este blog. Estamos de enhorabuena¡¡¡. A partir de hoy empieza la colaboración de un amigo mío, que con el seudónimo de Abraham Homero, se ha brindado a dejarnos, de vez en cuando, algunos de los relatos que tan bien escribe. Es todo un personaje. Espero que os guste.

Pd. Este blog, no se responsabiliza de los contenidos expuestos en los relatos del Sr. Homero.

Gracias Toni
.


DOSIS RECOMENDADA DE PEREZA


El médico lo miró y dijo:

- Una hora de pereza. No abuse de ella.

Le extendió la receta y aquel trozo de papel fue el que le mostró más tarde al jefe de personal. Éste no salía de su asombro y mandó a Martínez que aquella tarde saliera una hora antes de trabajar.

A la mañana siguiente, por la tarde, el jefe de personal lo miró y volvió a dejar marchar a Martínez una hora antes.

- ¿Hasta cuando? –le preguntó antes de que Martínez saliera por la puerta

- Dijo que volviera de aquí a tres meses.


Ése había sido el fármaco recomendado a su problema de estrés.

Días después llegó un niño acompañado de su madre a la consulta. La enfermedad del niño según la madre, era que estaba obsesionado con los videojuegos, especialmente los juegos de gestión virtual y estrategia.
El médico al verlo dijo:

- Este niño tiene los rasgos clásicos del político, voy a recetarle algo de Stevenson. Que apoye el libro en los genitales cuando no lo lea. Así no se volverá un huevón.

De esta manera, por prescripción facultativa se volvió un ávido lector.

Salió la enfermera para llamar a los pacientes. Tras pasar lista, el siguiente paciente dijo:

- Enfermera, dígale al médico que ha llegado el doctor.

- Sí, señor García –contestó con una sonrisa.

- Buenos días, señor García. ¿Cómo está hoy?

- Bien, bastante mejor.

- La semana pasada no lo vi por aquí.

- Es que me encontraba enfermo.

- Entiendo... ¿Lo de siempre entonces?

- Sí, lo de todas las semanas.

- ¿De qué quiere hablar hoy?

- Pues de la posguerra, de lo mal que se vivía entonces y de lo poco que nos acordamos ahora que hay de todo excepto el respeto a los mayores.

- Bueno, pues puede empezar. Pero recuerde, no se exceda de los veinte minutos que hay más pacientes esperando.

- No se preocupe.

Y así fue como el señor García estuvo charlando con su médico el tiempo acordado, sintiéndose agradecido que alguien mostrara interés en su vida y sus conocimientos. En el tiempo que estuvo en la consulta, le relató la vez que cogieron un gato, y lo cocinaron haciéndolo pasar por pollo al resto de comensales, aunque éstos sabían que la restricción de alimentos hacía imposible el hallar pollos de campo, mantuvieron el secreto hasta que los cocineros comenzaron a maullar descaradamente cuando se les preguntó de dónde había salido la carne. También le contó la vez que fue por los campos intentando robar algo con lo que comer y acabó huyendo entre los huertos al ser sorprendido por los labradores. Le explicó éstas y otras anécdotas hasta que el reloj del médico le indicó que su turno había finalizado hasta la semana siguiente.

Aquel día, a primera hora de la tarde llegó a la consulta un conocido político.

- Créame lo que le digo: no estoy enfermo –afirmó tajante una vez hubo tomado asiento.

- Claro, claro. ¿A qué se debe entonces su visita?

- Es cosa de mi familia, cree que necesito una cura por mi profesión, pero yo soy consciente de todo y estoy en mis cabales.

- Eso es lo que dicen aquellos que llevan muchos años en política. Pero no lo nieguen: todos ustedes andan locos de remate.

- Yo no necesito ningún tratamiento, estoy completamente sano.

- ¿Cuántos años lleva metido en política?

- Más de treinta años.

- ¿Tantos? ¿Y nunca fue a un especialista?

- Jamás necesité tal cosa.

- Vaya a contarle eso a un votante. A mí no me engaña. A partir de hoy, ningún mitin, ni campaña electoral, discurso o sesión parlamentaria. Su mal, su gran mal, es un abuso de poder. ¿Usted no comprendió que son simples depositarios del poder del pueblo, que son meros administradores? Claro, ninguno entiende eso. Es más, se me echan a reír cuando se les dice. Pero cumpla el tratamiento o me veré obligado a llamar a los servicios sanitarios.

- Si he venido aquí ha sido porque mi familia piensa que tengo algún trastorno mental, pero yo repito que estoy sano.

- Ése es el primer síntoma: la negación de la enfermedad. Su patología crónica, el exceso de poder; les impide reconocer que sufren de la enfermedad. Abusaron durante muchos años de su posición y por ello está hoy aquí. Usted tiene trastocado su sentido de la realidad: se creen los amos de todo, que pueden ir a cualquier parte y pueden hacer lo que les venga en gana. Eso no es verdad. Todo eso es una falacia, un autoengaño que sufren aquellos que estuvieron muchos años de concejal, parlamentario o senador. Eso es muy malo muy malo. Si no se cura cuanto antes, puede recaer en el mal del dictador, y ya no hay nada que hacer
.

Desde hace unos años, se incluyó la política reiterativa como enfermedad mental.

El médico lo hizo tumbarse en la camilla y le tomó la presión y el pulso.

- ¿Usted alguna vez se ha sentido superior a los demás?

- Sí, en ocasiones.

- ¿Ha gritado o proclamado cosas como: por fin tengo el poder, soy el puto amo, etcétera, etcétera?

- Solamente al ganar unos comicios.

- ¿Ha tenido alucinaciones o delirios de grandeza?

- Bueno, quien más quien menos, en alguna ocasión sí me he sentido importante.

- ¿Lo ve? Está fatal. Si en tres meses no mejora, tendré que ordenar que le ingresen.

- ¡Pero si pronto serán las elecciones autonómicas!

- Tiene que alejarse cuanto antes de la militancia política.

- ¡Está usted loco si pretende que voy a hacer eso! ¡El partido regional no podría avanzar sin mí!

- ¿Lo ve como tengo razón? Mire, le voy a recetar lo único que funciona en tales casos. Durante tres meses, no va a poder decidir ninguna actividad, tarea o situación sin autorización de su familia. Y de cara a las elecciones: Voto en blanco. ¡SIGUIENTE!

La enfermera dio paso a un hombrecillo tembloroso.

- Buenos tardes, doctor.

- Hola, buenas tardes. ¿Cómo se encuentra hoy? ¿le va mejor el nuevo tratamiento de ansiolíticos?

- Sí, doctor. Pero no se trata de eso.

-
¿Y de qué entonces? Pero tome asiento, haga el favor.

El hombrecillo retiró la silla, y con lentitud se posó en ella.

- Verá doctor, yo; aunque sea humilde, mi trabajo me da para pagar mis facturas; pero todos los días enciendo mi televisor y veo guerras, matanzas, sufrimiento por enfermedades, gente que no tiene donde vivir, y por el contrario, otras que ostentan tanto de su riqueza que cuando acaba el telediario todo eso hace que me sienta fatal conmigo mismo. ¿Cuál es mi dolencia doctor? ¿Cree que podrá curarme?

El médico reflexionó un instante. Luego dijo:

- Habrá que sedarle de la realidad. Empezaremos por doblarle la medicación.

Son las....